Papeles mojados. En manos de la Generación Escaparate

Vivimos semanas de calma en el ojo del huracán. Muchos hablan ahora sobre si vimos los suficientes muertos o no. Si vimos la gravedad del asunto en la primera ola de este virus imparable. Nos acercamos peligrosamente a los días más duros de esta crisis sanitaria, y no me pregunto si realmente vimos la gravedad del asunto, sino si acaso importa. Vemos diariamente a los vivos, a los ancianos temerosos yendo a la compra y seguimos disfrutando de nuestras vacaciones, porque nos las merecemos. Somos así.

Me pregunto si no será que hemos alcanzado un nivel, en esta sociedad nuestra, en la que ya nos consideramos por encima del bien y del mal. Nuestro individualismo es aterrador. El mayor peligro al que nos enfrentamos es nuestra cultura narcisista, del escaparate y espectáculo, y ya no como sociedad sino como especie que pretenda perdurar, porque atenta directamente contra la lógica. Y, si perdemos la razón, dime ¿qué nos queda?

El nombre más apropiado para esta generación sería Generación Escaparate, donde lo único que importa es la fachada, tenga o no muebles, o peor, siquiera estructura. Podríamos bautizar también a esta generación como la Generación del Contagio, porque ahí están los números, y no es que nos hayamos relajado, no. Es nuestra manera de vivir. Somos gente que no entiende, ni quiere entender. Porque no ME interesa. Necesito publicar las fotos de mi verano, es algo sagrado. Todavía no he leído a nadie que resuma el latir de esta generación como lo hace Sabina Urraca en este fragmento: “He nacido en el sistema capitalista. Quiero tenerlo todo, verlo todo, vivirlo todo. No puedo perderme nada.”. Así comienza el que es el mejor libro que he leído en estos últimos años, Las Niñas Prodigio. Porque Sabina en ese párrafo retrata a esta sociedad que quiere una cosa y la contraria. Quiere ver los muertos y a la vez no verlos.

Queremos maldecir a la gente que no lleva mascarilla pero sacamos la nariz porque hace mucho calor. Aplaudir a sanitarios, pero al día siguiente de abrir los bares, las terrazas llenas. Necesitamos a Miguel Bosé y las manifestaciones negacionistas, porque el virus también es espectáculo. Esta generación usa de combustible el espectáculo. Porque esta generación no existe si no está publicado en redes sociales. Las redes sociales que se llenaban de mensajes de apoyo a los sanitarios, de quejas contra quienes se saltaban las normas, han ido dando paso a imágenes de playas, de barcos y de veranos idílicos, viajes y reencuentros prematuros. A la vez que siguen, y siguen, subiendo los casos en nuestro país. Miramos al otoño y al invierno esperando el milagro o la hecatombe, yo ya no sé. Un tuit decía “Nadie podía haber sabido cómo hacer las cosas, esta es la primera segunda ola que tenemos”. Pronto las redes volverán a llenarse de proclamas a favor de los que van a volver a jugarse el culo por todos, como han hecho antes, porque son profesionales y es su trabajo. Yo, como soy mala persona, revisaré el historial de las publicaciones y veré a aquellos que estaban en la playa dos semanas antes del mayor pico de casos en España, que lo tenemos encima. Mientras, soy testigo y a la vez actor dentro de una sociedad en la que hemos nacido con el pasaporte de la libertad y hemos extendido esta libertad a algo omnisciente, que está por encima de todo y todos.

La tan manida frase de Sartre, que de tan manida está olvidada, y decía “mi libertad termina donde empieza la de los demás” debería ser pensada, repensada y asimilada por cada miembro o candidato a miembro de una sociedad civilizada. Aunque, si aceptamos eso, tenemos que renunciar a la libertad que a tantos interesa, la libertad de hacer lo que me salga del culo. En esta sociedad nos tienen que multar porque si no, no somos capaces de entender que exhalarle el humo del tabaco en la cara al compañero de acera es algo de mala educación.

Esta generación es así, así vivimos, somos capaces de saber qué tiene que hacer el resto, pero yo haré lo que me dé la gana. Porque tengo la LIBERTAD de hacerlo. Quizá deberíamos hablar de libertades, y no de tener, sino de poder disfrutar momentáneamente, porque además eso iría más acorde con la esencia pasajera de la vida y no de lo que queremos que sea. O quizá esta generación escaparate tan  efímera, nos defina como sociedad y no acerque más que ninguna antes al destino que siempre hemos merecido. Quizá ese sea el chiste y yo todavía no lo he pillado.

EDITADO

Publicado en XLSemanal en El Bloc del Cartero de Lorenzo Silva.

Botella a la mar (II)

Hace unas semanas he recuperado un ordenador portátil y un cargador solar. Siempre me ha resultado curioso lo rápido que la rutina atrapa. Qué rápido se adapta el ser humano a la adversidad, qué rápido convierte en rutina cualquier situación. Así me encuentro, mirando al mar pero con tranquilidad. Escribo, miro al mar, pasan los días.

Veo llegar las mismas botellas de plástico, pero en lugar de lanzarlas de nuevo, ya me he cansado de leer mis propios mensajes tan de seguido, ahora las acumulo. Apenas me queda papel, aunque de todos modos ahora escribo con el ordenador. Eso sí, tengo miedo a quedarme un día sin él. Así he pasado toda mi vida, con miedo de que las cosas que tengo dejen de estar en mis manos. Hace unas semanas no imaginaba que encontraría un ordenador con el que escribir y mucho menos un cargador solar para poder hacerlo durante todo el tiempo del mundo, ahora no sabría vivir sin ello. Me pregunto si desde alguna óptica no humana pareceremos tan absurdos como en ocasiones me lo parezco a mí mismo, pero a la vez me entiendo.

He descartado la idea de construirme un bote. Mi mejor opción es seguir escribiendo textos, reflexionando, pasando el rato, entreteniéndome y dejando por escrito todo lo que aprendo. Las mejores conclusiones, por el miedo a perder el portátil, las voy a escribir sobre rocas planas. Todavía no he escrito ninguna, por eso que las vaya a escribir en el futuro. Creo que es la única forma en la que podré prepararme para la pérdida del portátil, así como seguir entreteniéndome con nuevas actividades para romper la rutina.

No es la primera vez. Botella a la mar (I)

Estoy en una isla.

Rodeado del mismo mar que me trajo aquí, si bien me ha traído bien me podría llevar a otro sitio, el mar no es un horizonte o una barrera, sino un camino.

En esta playa sólo llegan botellas de plástico. Las uso para escribir textos que lanzo para poder leer cuando regresen porque siempre vuelven.

He pensado en construirme un bote con los restos del naufragio, no me parece original y tampoco sabría como. Si me animo usare los árboles que crecen fuerte en la isla, cuando haya terminado de escribir todo lo que quiero escribir, me volveré a arrojar al mar, no antes. Ya he naufragado antes.

No es que me asuste fallar. Temo que sea la última vez, por eso intento aprender de todos mis errores, planificar mejor y apuntar a la victoria. No es la primera vez que naufrago pero espero que no sea la última, así como espero que sea la última.

Con un cuaderno en el Museo del Prado (I)

Es Domingo de Resurrección y me despierto con la tristeza de un día de lluvia en que la falta de previsión me ha dejado por Madrid sin mayor plan que hacer la colada. Abrazo la taza con café mientras veo girar la ropa en la lavadora y decido salir a deambular con mi libreta y un lápiz en el bolsillo de la chaqueta negra.

Bajando por Recoletos me sorprende la fuerza con la que las lluvias de los últimos días han devuelto el verdor a los árboles (chopos). El viento mueve las copas que no permiten apenas ver el cielo encapotado que amenaza con precipitar. Una pareja camina delante de mí, pienso si estarán de visita por Madrid o habrán salido a pasear porque como yo, se han quedado sin nada mejor que hacer, antes de pensar que al menos ellos son dos un golpe corta en seco mis pensamientos para alertarnos a los tres: una rama de metro y medio ha caído a pocos centímetros de nosotros. Ellos de espaldas y yo de frente soy consciente del peligro al que nos hemos expuesto. La rama no nos hubiera matado con total seguridad, pero es lo suficientemente grande para al menos abrirnos una herida en la cabeza.

Cruzo la puerta de los jerónimos no sin pararme a mirar la fachada gótica de la Iglesia de San Jerónimo que voy dejando a mi izquierda para cruzar el arco de seguridad del museo.

Desde el edificio Villanueva subo a la primera planta hasta las salas dedicadas a las pinturas flamencas. En las salas de Rubens, dejo a mis espaldas el cuadro de Las Tres Gracias porque es otra obra la que me cautiva: Atalanta y Meleagro cazando el jabalí de Calidón. Escena extraída de Metamorfosis de Ovidio.

Rubens concentra la atención en un primer plano de los más de cuatro metros cuadrados del lienzo. Atalanta hiere mortalmente al jabalí con su arco y los perros le dan caza una vez herido. Por la izquierda los primos de Meleagro Cástor y Pólux entran a caballo. A la derecha Meleagro sujeta una lanza.

Realismo, perspectiva y perfeccionamiento del retrato (gran profundidad psicológica), reivindicación del paisaje como tema pictórico.

Representa la escena narrada por Ovidio de Meleagro abatiendo la bestia que asolaba el reino de su padre durante la cacería se enamora de Atalanta, que hiere con una flecha al jabalí.  Dos hombres a caballo. Atalanta y una compañera van seguidas de una manada de perros que atacan al jabalí herido. En el otro extremo del cuadro un hombre (Meleagro) sostiene una lanza en posición defensiva.

La escena ocupa una tercera parte del lienzo. El resto está dominado por el bosque (o las copas de los árboles del bosque) y la sombra del bosque que se extiende hacia el fondo dónde se atisba un espacio iluminado.

Miro al techo, el tragaluz deja paso a una luz diurna tenue, más propia del invierno que de la primavera y me recuerda que lloverá. El festivo ha traído a más turistas de los que esperaba al museo y por un momento siento que es incómodo el ruido en el museo.

El cuadro capta mi atención, la oscuridad de su centro dónde al fondo parece que se ve algo, una claridad, no se sabe si es porque la luz se abre paso entre las copas de los árboles al final del bosque o es otra cosa.

La luz de la sala 29 de la primera planta del edificio Villanueva se apaga, los cristales del tragaluz se rompen, levanto la mirada y todavía siguen allí. Ya no resuena el bullicio del resto de los visitantes, si lo hay no soy capaz de escucharlo, ni soy capaz de verlo. La oscuridad parece extenderse desde el centro del cuadro hacia el exterior abrazando la sala. Sólo queda iluminado el fondo del bosque de Calidón.

Creo que puedo llegar allí. Huelo el río, la sangre del jabalí moribundo, escucho los pájaros escapando. Extiendo mi mano y consigo tocar un tronco lleno de musgo todavía húmedo.

Noto como se me encogen las entrañas y un sonido distante me parte en dos. Comienza a llover, noto como si una mano que se alarga desde el corazón del bosque, desde la sombra profunda, me agarra el corazón y tira de mí hacia dentro. No puedo controlar mi cuerpo y la sombra forma parte de mi o yo de la sombra.

Una llama, un pequeño fuego arde en un claro. Sigue lloviendo, pero el fuego no se resiente. En el fuego creo escuchar un eco distante. Una voz profunda que parece recitar versos en una lengua que he escuchado antes.

Mis huesos se sienten hielo. Frágiles y fríos. Siento que si echo a correr me partiré en mil pedazos antes de terminar por derretirme.

Quiero despertar de esta pesadilla, pero ya estoy despierto. Quiero gritar, pero siento que nunca he sido capaz de hablar. Quiero correr, salir del bosque, volver. Pero no tengo piernas.

Un silbido que corta el viento termina con un sonido percutante contra mi pecho. Al llevarme las manos al corazón donde sentí el golpe, palpo la madera del astil que se empapa en sangre que emana de la herida producida por el impacto. No duele, no quema. No siento nada y eso todavía me da más miedo. Caigo de rodillas y como si fueran de cristal se quiebran y golpeo en el barro con el pecho, la flecha me atraviesa hasta la pluma, golpeo con la frente un canto que asoma en la tierra mojada. Solo puedo mantener abierto un ojo, el izquierdo. Veo al otro lado del bosque, una pequeña luz, atisbo a escuchar un ruido distante, pasos, como los de una romería o un desfile militar. Es la sala 29 del museo del Prado, sentado al borde de un banco estoy yo. Escribiendo un relato, tal vez este relato. Es justo aquí, cuando me doy cuenta de que estoy perdido y que yo mismo me estoy condenando desde el otro lado a vivir aquí para siempre. Una parte de mí queda encadenada a la luz del fondo del bosque que pintó Rubens.

El Paredón

Octubre de 2016 (reed. 2019)

Fue en aquella playa del pacífico donde se encontró de nuevo. Miró al horizonte y no vio nada, volvió a mirar y vio el infinito. Se asustó y aquello lo entristeció. Pensó en sus pasos al mirar las huellas que había dejado en la arena, se dio cuenta que por mucho que quisiera ir lejos siempre había que salir de algún lugar. Sentado en un tronco volvió a mirar al infinito, esperando que allí el mar se le abriera. El mar siempre había jugado un papel importante en su vida de marinero, de náufrago y de poeta, no era descabellado que siempre acabara pidiéndole explicaciones y auxilio.

Todos saben que para comunicarse con el mar hay que mojarse. Eso hizo y allí se encontró a sí mismo. Años atrás había navegado sin rumbo y encontró la dirección siguiendo la brisa. Esta vez eran las olas las que le arrastraban hacia dentro. Se asustó. El mar se había hartado de él y estaba decidido en tragárselo. Él decidió su rumbo, había que llegar a la orilla, no importaba lo fuerte fuera el empeño del mar en impedirlo. Sus pies parecían estar agarrados al fondo y sus brazos se sentían pesados y apenas podían moverse. En otra situación se habría dejado ganar, resignarse frente a lo inevitable. En esta ocasión no iba a ser así, estaba en el mar, pensó, el mar nunca le había fallado, si había decidido engullirlo al menos le plantaría cara.

El mar, por primera vez había omitido su auxilio y más que eso se había propuesto terminar con él. No estaba dispuesto. Usó ese cabreo. Se hundió, buceando hasta el suelo haciendo cumplir la premisa de que para poder levantarse hay que tocar fondo. De un impulso se despidió de la arena que tocaba sus plantas para abrazar el aire de la superficie. Sabía que para salir tendría que hacer uso de sus agarrotados brazos, decidió que ya se dolería después y lanzó uno y después el otro. Brazada tras brazada se vio en situación de comodidad, liberado y a salvo. Respiró y sonrió por la hazaña lograda. Había pasado la prueba y creía tener la respuesta a la pregunta. Aunque no había mirado bien.

En la distancia, cerca del lugar que él mismo acababa de luchar por abandonar, más personas sufrían las mismas embestidas por las que aún sus músculos se contraían. Lejos de pensárselo dos veces se lanzó hacia ellos con más velocidad y determinación de la usada para sí llegó para auxiliar a quiénes no podían salir. No se sorprendió de la fuerza que estaba usando porque no le dio tiempo a darse cuenta.

Había salvado su vida primero para salvar las vidas de otros, y fue entonces y no antes, cuando todo cobró sentido. Ya no sonreía, no estaba satisfecho, sabía que tenía la respuesta que buscó en el mar y sabía que tenía mucho trabajo por delante.