Botella a la mar (II)

Hace unas semanas he recuperado un ordenador portátil y un cargador solar. Siempre me ha resultado curioso lo rápido que la rutina atrapa. Qué rápido se adapta el ser humano a la adversidad, qué rápido convierte en rutina cualquier situación. Así me encuentro, mirando al mar pero con tranquilidad. Escribo, miro al mar, pasan los días.

Veo llegar las mismas botellas de plástico, pero en lugar de lanzarlas de nuevo, ya me he cansado de leer mis propios mensajes tan de seguido, ahora las acumulo. Apenas me queda papel, aunque de todos modos ahora escribo con el ordenador. Eso sí, tengo miedo a quedarme un día sin él. Así he pasado toda mi vida, con miedo de que las cosas que tengo dejen de estar en mis manos. Hace unas semanas no imaginaba que encontraría un ordenador con el que escribir y mucho menos un cargador solar para poder hacerlo durante todo el tiempo del mundo, ahora no sabría vivir sin ello. Me pregunto si desde alguna óptica no humana pareceremos tan absurdos como en ocasiones me lo parezco a mí mismo, pero a la vez me entiendo.

He descartado la idea de construirme un bote. Mi mejor opción es seguir escribiendo textos, reflexionando, pasando el rato, entreteniéndome y dejando por escrito todo lo que aprendo. Las mejores conclusiones, por el miedo a perder el portátil, las voy a escribir sobre rocas planas. Todavía no he escrito ninguna, por eso que las vaya a escribir en el futuro. Creo que es la única forma en la que podré prepararme para la pérdida del portátil, así como seguir entreteniéndome con nuevas actividades para romper la rutina.

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