Con un cuaderno en el Museo del Prado (I)

Es Domingo de Resurrección y me despierto con la tristeza de un día de lluvia en que la falta de previsión me ha dejado por Madrid sin mayor plan que hacer la colada. Abrazo la taza con café mientras veo girar la ropa en la lavadora y decido salir a deambular con mi libreta y un lápiz en el bolsillo de la chaqueta negra.

Bajando por Recoletos me sorprende la fuerza con la que las lluvias de los últimos días han devuelto el verdor a los árboles (chopos). El viento mueve las copas que no permiten apenas ver el cielo encapotado que amenaza con precipitar. Una pareja camina delante de mí, pienso si estarán de visita por Madrid o habrán salido a pasear porque como yo, se han quedado sin nada mejor que hacer, antes de pensar que al menos ellos son dos un golpe corta en seco mis pensamientos para alertarnos a los tres: una rama de metro y medio ha caído a pocos centímetros de nosotros. Ellos de espaldas y yo de frente soy consciente del peligro al que nos hemos expuesto. La rama no nos hubiera matado con total seguridad, pero es lo suficientemente grande para al menos abrirnos una herida en la cabeza.

Cruzo la puerta de los jerónimos no sin pararme a mirar la fachada gótica de la Iglesia de San Jerónimo que voy dejando a mi izquierda para cruzar el arco de seguridad del museo.

Desde el edificio Villanueva subo a la primera planta hasta las salas dedicadas a las pinturas flamencas. En las salas de Rubens, dejo a mis espaldas el cuadro de Las Tres Gracias porque es otra obra la que me cautiva: Atalanta y Meleagro cazando el jabalí de Calidón. Escena extraída de Metamorfosis de Ovidio.

Rubens concentra la atención en un primer plano de los más de cuatro metros cuadrados del lienzo. Atalanta hiere mortalmente al jabalí con su arco y los perros le dan caza una vez herido. Por la izquierda los primos de Meleagro Cástor y Pólux entran a caballo. A la derecha Meleagro sujeta una lanza.

Realismo, perspectiva y perfeccionamiento del retrato (gran profundidad psicológica), reivindicación del paisaje como tema pictórico.

Representa la escena narrada por Ovidio de Meleagro abatiendo la bestia que asolaba el reino de su padre durante la cacería se enamora de Atalanta, que hiere con una flecha al jabalí.  Dos hombres a caballo. Atalanta y una compañera van seguidas de una manada de perros que atacan al jabalí herido. En el otro extremo del cuadro un hombre (Meleagro) sostiene una lanza en posición defensiva.

La escena ocupa una tercera parte del lienzo. El resto está dominado por el bosque (o las copas de los árboles del bosque) y la sombra del bosque que se extiende hacia el fondo dónde se atisba un espacio iluminado.

Miro al techo, el tragaluz deja paso a una luz diurna tenue, más propia del invierno que de la primavera y me recuerda que lloverá. El festivo ha traído a más turistas de los que esperaba al museo y por un momento siento que es incómodo el ruido en el museo.

El cuadro capta mi atención, la oscuridad de su centro dónde al fondo parece que se ve algo, una claridad, no se sabe si es porque la luz se abre paso entre las copas de los árboles al final del bosque o es otra cosa.

La luz de la sala 29 de la primera planta del edificio Villanueva se apaga, los cristales del tragaluz se rompen, levanto la mirada y todavía siguen allí. Ya no resuena el bullicio del resto de los visitantes, si lo hay no soy capaz de escucharlo, ni soy capaz de verlo. La oscuridad parece extenderse desde el centro del cuadro hacia el exterior abrazando la sala. Sólo queda iluminado el fondo del bosque de Calidón.

Creo que puedo llegar allí. Huelo el río, la sangre del jabalí moribundo, escucho los pájaros escapando. Extiendo mi mano y consigo tocar un tronco lleno de musgo todavía húmedo.

Noto como se me encogen las entrañas y un sonido distante me parte en dos. Comienza a llover, noto como si una mano que se alarga desde el corazón del bosque, desde la sombra profunda, me agarra el corazón y tira de mí hacia dentro. No puedo controlar mi cuerpo y la sombra forma parte de mi o yo de la sombra.

Una llama, un pequeño fuego arde en un claro. Sigue lloviendo, pero el fuego no se resiente. En el fuego creo escuchar un eco distante. Una voz profunda que parece recitar versos en una lengua que he escuchado antes.

Mis huesos se sienten hielo. Frágiles y fríos. Siento que si echo a correr me partiré en mil pedazos antes de terminar por derretirme.

Quiero despertar de esta pesadilla, pero ya estoy despierto. Quiero gritar, pero siento que nunca he sido capaz de hablar. Quiero correr, salir del bosque, volver. Pero no tengo piernas.

Un silbido que corta el viento termina con un sonido percutante contra mi pecho. Al llevarme las manos al corazón donde sentí el golpe, palpo la madera del astil que se empapa en sangre que emana de la herida producida por el impacto. No duele, no quema. No siento nada y eso todavía me da más miedo. Caigo de rodillas y como si fueran de cristal se quiebran y golpeo en el barro con el pecho, la flecha me atraviesa hasta la pluma, golpeo con la frente un canto que asoma en la tierra mojada. Solo puedo mantener abierto un ojo, el izquierdo. Veo al otro lado del bosque, una pequeña luz, atisbo a escuchar un ruido distante, pasos, como los de una romería o un desfile militar. Es la sala 29 del museo del Prado, sentado al borde de un banco estoy yo. Escribiendo un relato, tal vez este relato. Es justo aquí, cuando me doy cuenta de que estoy perdido y que yo mismo me estoy condenando desde el otro lado a vivir aquí para siempre. Una parte de mí queda encadenada a la luz del fondo del bosque que pintó Rubens.

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