El Paredón

Octubre de 2016 (reed. 2019)

Fue en aquella playa del pacífico donde se encontró de nuevo. Miró al horizonte y no vio nada, volvió a mirar y vio el infinito. Se asustó y aquello lo entristeció. Pensó en sus pasos al mirar las huellas que había dejado en la arena, se dio cuenta que por mucho que quisiera ir lejos siempre había que salir de algún lugar. Sentado en un tronco volvió a mirar al infinito, esperando que allí el mar se le abriera. El mar siempre había jugado un papel importante en su vida de marinero, de náufrago y de poeta, no era descabellado que siempre acabara pidiéndole explicaciones y auxilio.

Todos saben que para comunicarse con el mar hay que mojarse. Eso hizo y allí se encontró a sí mismo. Años atrás había navegado sin rumbo y encontró la dirección siguiendo la brisa. Esta vez eran las olas las que le arrastraban hacia dentro. Se asustó. El mar se había hartado de él y estaba decidido en tragárselo. Él decidió su rumbo, había que llegar a la orilla, no importaba lo fuerte fuera el empeño del mar en impedirlo. Sus pies parecían estar agarrados al fondo y sus brazos se sentían pesados y apenas podían moverse. En otra situación se habría dejado ganar, resignarse frente a lo inevitable. En esta ocasión no iba a ser así, estaba en el mar, pensó, el mar nunca le había fallado, si había decidido engullirlo al menos le plantaría cara.

El mar, por primera vez había omitido su auxilio y más que eso se había propuesto terminar con él. No estaba dispuesto. Usó ese cabreo. Se hundió, buceando hasta el suelo haciendo cumplir la premisa de que para poder levantarse hay que tocar fondo. De un impulso se despidió de la arena que tocaba sus plantas para abrazar el aire de la superficie. Sabía que para salir tendría que hacer uso de sus agarrotados brazos, decidió que ya se dolería después y lanzó uno y después el otro. Brazada tras brazada se vio en situación de comodidad, liberado y a salvo. Respiró y sonrió por la hazaña lograda. Había pasado la prueba y creía tener la respuesta a la pregunta. Aunque no había mirado bien.

En la distancia, cerca del lugar que él mismo acababa de luchar por abandonar, más personas sufrían las mismas embestidas por las que aún sus músculos se contraían. Lejos de pensárselo dos veces se lanzó hacia ellos con más velocidad y determinación de la usada para sí llegó para auxiliar a quiénes no podían salir. No se sorprendió de la fuerza que estaba usando porque no le dio tiempo a darse cuenta.

Había salvado su vida primero para salvar las vidas de otros, y fue entonces y no antes, cuando todo cobró sentido. Ya no sonreía, no estaba satisfecho, sabía que tenía la respuesta que buscó en el mar y sabía que tenía mucho trabajo por delante.

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